Uno de los cambios más sorprendentes que surgieron con el auge de los hoteles, fábricas y plantas de ensamblaje de Cuba, propiedad de empresas conjuntas entre inversores extranjeros y el Estado o de corporaciones propiedad del Estado en solitario, fue el estilo de vida de los empleados contratados para trabajar en ellas, especialmente los de los niveles más altos de la escala salarial. A partir de principios de la década de 2000, la mayoría de las casas de muchos barrios residenciales en los que vivían estos trabajadores empezaron a parecerse a jaulas: es decir, los propietarios construyeron vallas y barras de hierro, instalaron alambre de espino e incluso colocaron una serie de protecciones metálicas sobre otra, todo ello con el aparente propósito de evitar los robos o, lo que es igual, para asegurarse de que ningún vecino o visitante pudiera entrar sin más. Otros propietarios que adoptaron la misma estética de seguridad ni siquiera trabajaban para el Estado, sino que su pequeño restaurante o su empresa ilegal de alquiler de trajes de novia prosperaban porque también contaban con la ayuda de familiares en el extranjero. Sea cual sea su origen, para quienes vivían en casas sin jaulas estaba claro que quienes estaban dentro de ellas no eran merolicos millonarios. ¿Cómo se enriquecían algunos cubanos? ¿Tenía realmente tanto que temer esa ínfima minoría de cubanos que tenían sábanas, toallas, electrodomésticos, máquinas de VHS, televisión nueva o incluso videocámaras (como la imagen 30)?





