Primera manifestación de un millón: Sin duda, la manifestación de un millón de personas, celebrada a partir de enero de 1959, resultó ser el arma más poderosa del arsenal de estrategias de Fidel Castro para consolidar su monopolio en la definición de las políticas y la dirección de la Revolución Cubana. En las páginas del Diario de la Marina, a menudo descrito como el Wall Street Journal de Cuba, se documentó la primera manifestación de más de un millón de personas tras la huida de Batista. Su objetivo era demostrar a Estados Unidos que la mayoría de los cubanos respaldaban los juicios y las ejecuciones sumarias de los secuaces y colaboradores de Batista como «criminales de guerra». Celebrada el 21 de enero, la manifestación fue presenciada por cientos de periodistas extranjeros a quienes el Gobierno Provisional de Cuba invitó a ver e informar sobre el apoyo masivo de los ciudadanos al proceso como la única y mejor manera de poner fin a la impunidad política de los batistianos. Donación de Nancy Macaulay.


Lo que cuentan los recortes: Podría decirse que cualquier recorte de periódico que se encuentre en las colecciones personales de documentos y recuerdos de alguien cuenta dos historias: en primer lugar, narra un momento del pasado que quienes lo vivieron consideraron importante, desde los editores que lo publicaron hasta los lectores que lo leyeron; en segundo lugar, y lo que es más intrigante, el recorte dice algo sobre la persona que lo recortó y lo guardó. La historia que se cuenta en esta edición de enero de 1959 del suplemento semanal del Diario de la Marina era importante para Neill Macaulay, un joven estadounidense graduado en Citadel que había arriesgado su vida para luchar contra Batista en el último frente guerrillero del Movimiento 26 de Julio, fundado en otoño de 1958 en el oeste de Pinar del Río. No solo fue importante en el momento en que lo guardó, sino que siguió siéndolo durante décadas, a medida que su fe en el gobierno que había ayudado a fundar se agriaba y luego se derrumbaba por completo. Para muchos en ese momento, incluido Neill Macaulay, el apoyo popular a los juicios y ejecuciones les animó en medio de persistentes preocupaciones morales y reservas personales. En última instancia, estas imágenes no solo se repetirían innumerables veces durante los siguientes sesenta años de la Revolución, sino que se convertirían en el sustento que el Estado comunista exigía a los ciudadanos para reclamar legitimidad y complicidad durante generaciones. Donación de Nancy Macaulay.
